Mostrando entradas con la etiqueta Sociedad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Sociedad. Mostrar todas las entradas

miércoles, 30 de agosto de 2017

Vuelta al cole (¿o vuelta al caos?)

Los profesores de secundaria a veces nos parecemos un poco a Roy, el replicante de Blade Runner que ha visto cosas hermosas vedadas a los humanos: ataques a naves en llamas más allá de Orión o rayos C brillando en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. Los profesores de secundaria hemos visto recitar de memoria la lista de preposiciones a un chaval del barrio. Hemos visto su cara de asombro al estudiar el funcionamiento del cuerpo humano y hemos visto también, después de hablar de la invasión de Rusia por Napoleón Bonaparte, cómo ese mismo cuerpo humano, de apenas un metro y veinte centímetros de estatura, se estremecía de frío.


En algunos momentos, por encima de las materias maravillosas que enseñábamos, los profesores hemos tenido que reprimir alguna lágrima de emoción o de tristeza. En realidad, nuestra profesión tiene poco que ver con la técnica, aunque en estos días algunos revisemos nuestras programaciones o preparemos los exámenes recuperatorios de septiembre. La satisfacción de nuestro trabajo está en el largo plazo, en el agradecimiento de nuestros alumnos, en la certeza de que la sociedad también camina gracias a nosotros, aunque, por otra parte, la nuestra sea muchas veces una profesión en la que se pierde todos los días, porque hay, además de mucha incomprensión, un estado de incomodidad permanente.

Esta incomodidad ha crecido en los últimos años, y tiene que ver con algunas contradicciones que todos los profesores conocemos. Creo que podemos llamarlas ruido, aunque el problema sea ya difícil de nombrar.

Los profesores vemos cómo muchos padres se inmiscuyen en nuestra labor docente, en concreto, en aquella que tiene que ver con nuestro oficio y nuestro saber. Es decir, en un ámbito que no es de su competencia. Al mismo tiempo, los padres han descuidado su área de actuación específica, y no prestan la misma atención a lo que, si me lo permiten, llamaré “educación” de sus hijos.

En el aula también se reproducen de manera exponencial, quizá por la edad de los estudiantes, los problemas sociales. Estos problemas también tienen que ver con las familias. La fragilidad de la institución familiar, por ejemplo, ha tenido terribles consecuencias para los chavales, aunque haya quien se contente con reducirlas al mero ámbito del fracaso escolar.

También es palpable la infiltración de las ideologías y del Estado en nuestras aulas, que viola la independencia de los profesores e incluso la de tantos padres decididos a ser ellos quienes eduquen a sus hijos. En este sentido, no puedo dejar de recordar a Juan Vázquez de Mella, que señalaba una contradicción flagrante en la acción del Estado sobre la educación: “Ese Estado, que comienza asegurando no conocer nada, que nada sabe de los grandes problemas que al hombre y a la sociedad se refieren; él, que no admite ningún principio fijo, ni religioso, ni moral, ni jurídico, él, se convierte en pedagogo, monopoliza la enseñanza y no consiente que nadie comparta con él esa tarea”.

El capitalismo, la doctrina económica más extendida en nuestra sociedad, la verdaderamente rectora, ha orientado a los colegios hacia el mercado y ha extendido a ellos el principio de competencia, una guerra a muerte, sin reglas, por el cliente, que siempre tiene la razón. Algunos de ellos desaparecerán en los próximos años, incapaces de satisfacer unas demandas quizá muy pregonadas, pero no siempre de acuerdo con los fines de un colegio.

Las propias demandas de los padres, fijadas por el mercado, guían la acción de todos los miembros de la comunidad educativa. ¿Quién establece realmente el currículo? Los colegios lo han orientado hacia el mercado y cada vez está más presente el objetivo de preparar a los estudiantes para un futuro exclusivamente laboral que, dicho sea de paso –y, como se dice, “en un mundo cada vez más cambiante”- es imposible de predecir. De esta manera, asignaturas como el inglés o aquellas consideradas “útiles” ganan terreno frente a otras como la Filosofía o la Plástica. Los propios defensores de estas asignaturas minusvaloradas recurren a argumentos utilitaristas.

El profesor trabaja pues, en medio de muchas contradicciones de las cuales, no podemos obviarlo, también es protagonista. Los profesores también somos padres, y nos vemos afectados por el mercado, y cedemos a sus exigencias porque también, ¿y quién no?, a veces nos amedrenta el miedo de que nuestros hijos no tengan un futuro agradable o nosotros mismos perdamos el trabajo con el que mantenemos a nuestras familias. Somos, además, miembros de la sociedad y contribuyentes del Estado –y el sistema económico- que se inmiscuye en la educación.


¿Cómo cabalgar tantas contradicciones? En el día a día, los servimos como podemos, a veces de manera inconsciente, en el olvido de que servimos, pero haciendo, en construcción permanente, creciendo con nuestros alumnos, descubriendo con ellos la fuente de la eterna juventud. Nuestros estudiantes más jóvenes continuarán memorizando la Canción del Pirata de Espronceda, aprendiendo acerca de la reproducción del ser humano y maravillándose de que el acueducto de Segovia siga aún en pie. El asombro es suyo, no sólo nuestro, de los profesores, que también cometemos muchos errores en el aula, porque somos hombres.

Sin embargo, hay problemas que superan lo cotidiano. El ruido va en aumento: el Estado impone su ideología, el capital –editorial, comercial, mercantil- escribe las leyes, también los pedagogos han introducido una antropología, cada vez más extendida, que coincide con los intereses de quienes tienen una mera concepción laboral del futuro de las personas. No hay demasiada reflexión sobre todo esto, en un mundo tan crepuscular como el de Blade Runner y los replicantes. Este artículo no contribuye a desenrollar esta buena madeja, pero quizá el primer paso sea reconocer la complejidad de todo esto. No hay tampoco demasiada gente que se haga grandes preguntas como, por ejemplo, ¿por qué mandamos a los niños -durante algunos años obligados por el Estado- a estos lugares en donde hay tanto desorden?

Don Minervo

miércoles, 7 de junio de 2017

El síndrome del día después

Por su parte, el portavoz de EH Bildu, Adolfo Araiz, ha mostrado su “respeto absoluto” a quienes participaron en la manifestación, pero ha añadido que tuvo “un doble fracaso”. Por un lado, el parlamentario abertzale ha asegurado que “si lo que estaba en juego era las esencias de Navarra, el grado de movilización fue pequeño” y, por otro lado, el portavoz ha explicado lo que él ha llamado “el síndrome del día después”. Araiz ha asegurado que tras las manifestación “las cosas no van a cambiar” y que UPN, PSN y PPN van a seguir en la oposición porque “para deshacer hace falta mucho más que la bandera gigante que abría la manifestación”. Noticia en Navarra.com

Tiene razón, en gran parte, el bildutarra. Él sabe bien cómo movilizar adecuadamente a sus partidarios. Incluso cabría añadir que la manifestación fue un coletazo estéril de los partidos liberal-capitalistas, que son incapaces de generar una dinámica más allá de las urnas. Y, sin embargo, la semilla de la rebelión está plantada. Muchos se vieron las caras. Los navarros participan. Muchos no se sentían representados por los partidos: estaban allí a pesar de los partidos. Nosotros mismos desconfiamos profundamente de las organizaciones políticas que participaron en el 3 de junio. Sin embargo, allí estábamos, como tantos, por el bien común, por una causa superior a cualquier ideología. Ahora el reto es construir, moverse rápido, atacar -los pocos que estamos- desde diferentes posiciones. No es habitual que gente como Adolfo Araiz hable directamente de sus tácticas políticas, de las maniobras que han llevado a la izquierda abertzale al poder. Sus declaraciones dejan ese poso de reconocimiento a la labor social que ha desempeñado para alcanzar el gobierno y los municipios. Encierran, incluso, un mensaje a sus propios militantes: no os preocupéis, que los defensores de la bandera de Navarra no son capaces de moverse como nosotros. Por eso los carlistas vamos a librar la batalla del día después. Que cada cual haga lo que pueda, pero que haga algo. 

domingo, 28 de mayo de 2017

"No nos vais a impedir ser quienes somos"

En los informativos de la televisión han vuelto a hablar del atentado de Manchester. Un tipo ataviado con boina de pintor bohemio y barba descuidada contestaba a la cámara, con gesto rotundo: "No nos vais a impedir ser quienes somos". Apenas unos minutos antes los periodistas informaban de que una cámara de seguridad había captado al terrorista comprando, en un centro comercial cercano al lugar del atentado, la mochila que utilizó para esconder los explosivos. Dan que pensar este tipo de noticias. Con un gesto cotidiano como el que hemos hecho nosotros en algunas ocasiones, ir a comprar una mochila, se reconstruye la ruta de la muerte que emprendió el joven suicida. Los malvados tienen hoy la posibilidad de herir como nunca antes. No tienen poderes extraordinarios, pero su mezquindad puede ser más destructiva. Son imprevisibles. Actúan en pequeñas células, en nuestros alrededores. Hemos visto el dolor que han causado. Nos hemos acordado de un lector de este blog que vive allí. Nos hemos preguntado por qué tantos terroristas estaban vigilados por la policía y se paseaban -algunos se siguen paseando-, por las calles de Europa. Hemos visto a una madre llorar ante las cámaras mientras pedía unidad a sus vecinos. Hemos visto también a ese tipo, a un inglés al que no conocíamos de nada pero que nos ha emocionado, afirmar ante las cámaras: "No nos vais a impedir ser quienes somos". 

Foto de Mark Andrew. CC 2.0.

martes, 7 de junio de 2016

El problema social

Don Jaime trabaja en su despacho,
acompañado por Juan Vázquez de Mella.
"En realidad, el problema social, que debemos considerar como la base de todo sistema político, es un problema de justicia, de conciencia y de fraternidad humana. Es tan peligroso contentarse con señalar tan sólo los derechos del capital y los deberes del trabajo, según tienen tendencia a hacerlo ciertos elementos mal llamados conservadores, como limitarse a exaltar los derechos del trabajo y los deberes del capital, según pretenden muchos partidarios del socialismo.

Yo considero que hay que amparar la clase obrera como la más débil, la más necesitada de apoyos verdaderos; pero creo que hay que amparar a la vez a la sociedad contra el torrente devastador del odio, traído por el antagonismo de clases, por la propaganda nefasta de los que ven en la anarquía el único remedio de las injusticias sociales.

Para ello hay que dictar leyes adecuadas para la clase obrera, leyes justas, concebidas con un amplio espíritu de fraternidad humana que garanticen al obrero su personalidad moral, lo protejan contra la enfermedad y las crisis comerciales y al mismo tiempo organicen su vida social de tal manera que no se considere jamás aislado frente al egoísmo y la envidia de la clase capitalista."

Jaime III

Melgar, Francisco. Don Jaime, el príncipe caballero. Espasa-Calpe S.A. Bilbao, 1932. pp .175-176)